“Sacar lo nuevo y lo viejo del tesoro de nuestra casa”

Retiro Provincial 2021. Misa de apertura

Actualidad

MISA APERTURA RETIRO PROVINCIAL 2021 – Fray Emilio Andrada OFM. Ministro Provincial de la Provincia Franciscana de la Asunción.
Rm 1, 1-7 Sal 97, 1-4 Lc 11, 29-32

Queridos Hermanos de la Provincia de la Asunción:

Iniciamos hoy el primer Retiro provincial presencial desde el último Capítulo provincial, realizado en septiembre de 2019. Dos años han pasado sin que podamos reunirnos, encontrarnos y manifestarnos la familiaridad fraterna que nos une como entidad. Deseo que este retiro y encuentro sean fecundos, tanto para los que han podido llegar hasta esta querida residencia franciscana de San Antonio de Arredondo, como para los que participan desde sus Casas vía internet.

El evangelio de San Lucas, que acabamos de escuchar nos pone en la obligación de considerarnos personal y fraternalmente interpelados, dice Jesús: “Esta es una generación malvada: Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás.” Palabras duras, sin duda, en las que Jesús reprocha al pueblo de Israel que ellos, siendo los elegidos de la Alianza y a los que se les revelaba la llegada del Mesías, no se convirtieran, en cambio otros, paganos, de pueblos extranjeros, no siendo los directamente elegidos, sí creyeron y se convirtieron.

Obviamente, este “signo” al que se refiere Jesús, es Él mismo, el Mesías prometido venido a nosotros bajo la forma del Siervo humilde. Encarnado, nacido y viviendo como uno más en el mundo, en medio de su pueblo, generando palabras, gestos salvíficos, que coronó con su pasión, muerte y resurrección. Pero los suyos no supieron interpretarlo. Más de mil años después, fue San Francisco el gran “descubridor” de este signo que es Jesús, y que vio reflejado especialmente en el misterio de su encarnación, en la Eucaristía y en la Pasión y Muerte. A partir de Jesús descubierto que murió a todo aquello que lo alejaba del seguimiento de Jesús, y así llegó a convertirse en signo también él, significativo para los hombres de su tiempo y los de hoy.

Ante este mensaje considero que tendríamos que preguntarnos si nosotros también, como estos judíos incrédulos, pedimos un “signo”, que pase “algo extraordinario” que nos haga cambiar. Pensando en una respuesta, recuerdo una vez, que esperaba que algo pasara en mi vida, quería “un signo” que me estimulara a cambiar.

Entonces, alguien me ayudó diciéndome: “Para que haya cambio, algo debe morir”. En el transcurrir de estos dos años que llevamos en este servicio, podemos decir que hemos sido testigos de muertes, catorce hermanos que partieron a la casa del Padre, hermanos que pidieron salir de la Orden y volver al estado seglar, tanto profesos solemnes, sacerdotes, laicos, como también hermanos profesos temporales. Estos hechos nos interpelan y a muchos se nos presentan como causa de dudas, miedos, y decepción.

Pero las dificultades, adquieren un sentido según la actitud con que las enfrentemos, según el modo cómo las aceptemos: “en ese ‘cómo’ se encuentra la posibilidad de alcanzar un sentido y conferírselo a la vida”1 , tanto personal, como fraterna.

Como parte de ese “cómo” responder a esta situación de disminución numérica de hermanos, está el redimensionamiento. Es decir, la reducción de presencias en distintas Casas y parroquias. Pero esto sólo no es suficiente, es necesario un cambio que nos toque más de cerca a cada uno de nosotros. Algo debe morir en nosotros para que haya cambio. Ojalá este retiro y encuentro nos ayude a cortar con aquello que no nos permite avanzar en la respuesta fiel a nuestra vocación.

Pensando a nivel más fraterno y como entidad, tengamos en cuenta lo que decía un pensador argentino: “Es más inteligente entender los cambios y no perder de vista quiénes somos y cuáles son las tradiciones a las que no se puede renunciar en vez de cerrar los ojos y aferrarse a la idea de que nuestra identidad es inmutable.”2 Es verdad, es fundamental que tengamos conciencia de nuestra identidad para poder renunciar a lo que propiamente no es coherente con nuestra condición de “fraternidad contemplativa en misión” inserta en el mundo de hoy. Y para eso, es necesario que pongamos manos a la obra, de lo contrario, la realidad nos pasará por encima y nos podría ocurrir lo que decía el genio Albert Einstein: «La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.

Este retiro es una invitación a animarnos a tomar decisiones personales, para responder más fielmente a la voluntad Dios, pues Él nos hace capaces de crear lo noble, lo sublime, en vez de permanecer atontados e irreflexivos, determinados sólo por nuestros sentimientos. Ser hombre es estar preparado y dirigido hacia algo que no somos nosotros mismos. La necesidad de trascendernos más allá de nosotros mismos, es vital para no perder el sentido de la propia vida.

Para que esto suceda, nosotros, cada uno de nosotros, debe comenzar por descubrir el sentido de la consagración de su vida. Todo nuestro entorno, los hermanos de nuestra fraternidad, los hermanos de nuestra entidad, los hermanos a quienes van dirigidas nuestras obras de apostolado, el mundo entero, está esperando que ese sentido sea develado en cada uno y por cada uno.3 Tenemos la ventaja de ser ayudados fraternalmente y de contar con el aporte de personas que nos iluminan con su conocimiento y experiencia.

Pero nadie puede suplirnos en nuestra responsabilidad personal. Aprendamos de la conciencia y pasión con la que se presenta a sí mismo el Apóstol San Pablo en la carta a los Romanos, que hoy hemos leído, en la que se presenta a sí mismo como “servidor de Jesucristo, llamado a ser Apóstol, y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios…”
Ojalá en este retiro podamos redescubrir, con la conciencia y pasión de San Pablo, nuestra propia elección y misión.

Que así sea.

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Transmisión por Facebook live: https://www.facebook.com/provinciafranciscana.delaasuncion.9/videos/559680591756141 

 

 

1 Víctor Frankl, La psicoterapia al alcance de todos. Ed. Herder. 1995. Pag.164

2 Eloy Martínez, Tomás. El sueño argentino, 1999, p.228.
3 Cf. Buber Martín. Imágenes del bien y del mal. Pág. 55.