*Fray Arnold Aquino. Oficina provincial de Comunicación OFM.
San Antonio de Arredondo fue casa, mesa y encuentro. Del 19 al 21 de septiembre de 2026, varios jóvenes que participan en distintos apostolados de nuestras fraternidades se encontraron para compartir la vida, la fe y el camino franciscano. El encuentro, animado por la Secretaría de Evangelización y Misión y la Secretaría de Formación y Estudios, tuvo como lema «Abrazar la Vida, para anunciar la Esperanza».

No fueron simplemente tres días de actividades. Fueron días para parar un poco, encontrarse, escuchar, reír, rezar, compartir la mesa y volver a descubrir que caminar juntos hace más liviana la vida. El encuentro estuvo marcado también por la celebración de los 800 años del Tránsito de san Francisco de Asís. En este tiempo en que la Familia Franciscana recuerda el paso de Francisco hacia el encuentro definitivo con el Padre, estos jóvenes pudieron preguntarse también cómo seguir abrazando la vida que Dios nos regala y cómo convertirla en anuncio de esperanza allí donde cada uno está.
Y lo vivido se expresó, sobre todo, en los rostros.
«Me llevo rostros para rezar y seguir caminando». Una frase sencilla que resume mucho de lo que pasó en estos días. Rostros nuevos, rostros conocidos, historias diferentes que se encontraron y que ahora forman parte del camino de cada uno.
Para uno de los jóvenes, el encuentro fue también una manera de volver a encontrarse con Francisco: «Vivencié mucho a ese Francisco que amo, al conocerlo en los rostros de cada hermano». Porque quizás el carisma se entiende mejor cuando deja de ser solamente una palabra y se vuelve abrazo, escucha, servicio, alegría y fraternidad concreta.

También hubo mucho agradecimiento por la acogida de la comunidad de San Antonio: «Gracias por abrirnos las puertas de su casa y de su corazón». La hospitalidad hizo que muchos se sintieran en casa desde el primer momento. Y eso también es profundamente franciscano: hacer lugar, recibir al otro y compartir lo que somos y tenemos.
La mesa fue otro de los grandes lugares del encuentro. La mesa de todos los días y la mesa de la Eucaristía. «Me llevo la imagen de la melodía del compartir», decía uno de los testimonios. Una melodía hecha de conversaciones, mates, comidas, risas, silencios, oración y celebración.
Quizás uno de los testimonios más fuertes fue el de quien describió estos días como una oportunidad para alivianar la mochila de la vida: «Hoy esa mochila se llena de abrazos, testimonios, cariños y del rostro de Jesús«.
Y eso fue, en buena medida, este encuentro: una pausa para volver a cargar la mochila, pero de otra manera. Con más rostros que preocupaciones, más fraternidad que cansancio, más esperanza que peso.
«Gracias por hacernos sentir familia, por ser hermanos», expresaron varios de los participantes. Una palabra que apareció una y otra vez y que terminó dando sentido a todo lo vivido.
Al regresar a sus comunidades y apostolados, cada joven se llevó algo distinto, pero todos compartieron una misma experiencia: Dios sigue sorprendiendo cuando nos animamos a encontrarnos.
Los 800 años del Tránsito de Francisco nos recuerdan que toda vida entregada puede seguir dando frutos. Francisco terminó su camino terreno, pero su manera de vivir el Evangelio continúa despertando encuentros, fraternidad y misión.
Ahora nos toca a nosotros seguir caminando.
Con los pies en la tierra, el corazón abierto y la mochila un poco más liviana.
Abrazar la vida, compartirla como hermanos y anunciar, desde lo cotidiano, que la esperanza sigue viva.
Testimonio de Gisella Gassmann, Córdoba.

«Este finde estuvimos compartiendo con hermanos franciscanos de muchos lugares del país, en San Antonio de Arredondo. Fue una experiencia llena del Espíritu Santo, donde pudimos conocer más a San Francisco de manera vivencial, compartiendo en comunidad y fraternidad.
Desde la dulzura del corazón de los hermanos y postulantes, pudimos conocer distintas partes de la vida de San Francisco y, a través de su generosidad y sus gestos, hacerlas carne en nuestra propia experiencia.
Vivimos momentos de oración muy intensos, pero también compartimos la simpleza de la vida: encontrarnos, conversar, reír, abrazarnos y reconocer juntos nuestras fragilidades.
Me fui del encuentro con la esperanza de que, si todos vivimos según el santo Evangelio, podemos construir un mundo mejor, más humano y donde nadie quede afuera. Gracias por mostrarnos, con el ejemplo, que el amor es el motor que mueve al universo».


