Por Fray Gerardo Vogel, OFM
“Quédate con nosotros Señor, porque cae la tarde y se termina el día” Lc. 24,29 (cita de la tarjeta de profesión solemne de Fray Eduardo).
El lunes 7 de junio de 2021, a causa del Covid-19, Fray Eduardo Lascano falleció en Santiago del Estero, donde vivía en fraternidad con fray Antonio Mancuello, su compañero de toda la vida, fray Marcos Porta y fray Carlos Galván.
Eduardo Néstor Lascano nació el 18 de julio de 1948 en Capital Federal, fue el tercer hijo de don Eduardo Florencio Lascano y doña Amalia Morini, y el único varón, con dos hermanas mayores y una menor. Ingresó a la Orden de Frailes Menores, en la Provincia Franciscana de la Asunción después de un tiempo de discernimiento acompañado por fray Norberto Buján en encuentros mensuales en Paso del Rey y algunas charlas con fray Mario Porreto, en la basílica de San Francisco. Ingresó al postulantado el 19 de marzo de 1982 en Córdoba.Su primera profesión fue el 22 de febrero de 1984. El 26 de marzo de 1988, en manos del entonces Ministro Provincial fray Juan Carlos Larcher, realizó su profesión solemne junto a Carlos Martínez Ruíz y Antonio Mancuello, en San Antonio de Padua, Buenos Aires y en ese mismo lugar, el 27 de junio de 1992, a los 43 años de edad, fue ordenado sacerdote por Monseñor Norberto Eugenio Martina.
Fray Eduardo fue un hermano menor sacerdote que, a ejemplo de San Francisco de Asís, siguió a Jesús humildemente, consciente de la fragilidad de la condición humana, buscando durante todo el camino convertirse, profundizar su fe, servir y amar cada día un poquito mejor.
«Para muchos fue refugio, consuelo, contención»
Quizá su apariencia de seriedad y severidad, fue el mejor atuendo para vestir tanta ternura y bondad de las que estaba hecho, cualidades que fueron para muchos de nosotros refugio, consuelo, contención…en una confesión, en un abrazo, en una charla, en uno de sus exquisitos postres que preparaba con dedicación, en una salida de esas que tanto disfrutaba, o en alguna carcajada compartida provocada por ese humor agudo que lo caracterizó.
Doy testimonio, por mí mismo y por muchos otros, de que su simplicidad, su silencio, su presencia gratuita, cercana, libre de pretensiones, de exigencias, de presunción, fue ejemplo y signo evangélico y franciscano. No buscó resaltar, ni ser aplaudido por sus éxitos, caminó hacia la Pascua cargando su cruz y fue un fraile que, en pequeños gestos cargados de amor sincero, hizo el bien de forma sencilla pero significativa, desde lo personalizado y lo cotidiano. Recordarlo me trae a la memoria la expresión del Papa Francisco, en la exhortación apostólicaGaudete et Exultate: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios”[1].
Eduardo se enamoró y se entregó a un Dios de bondad y misericordia, que lo recibió sin condiciones y lo sostuvo fielmente, y ese mismo Dios fue el que nos dio a conocer. Es innegable que también fue inteligente y profundo en sus críticas, mordaces a veces, sin embargo, siempre terminaba cediendo a la bondad, tal como Dios lo hace con nosotros, como en el libro de Jonás. Así lo recuerdan la gran mayoría de los fieles de tantos lugares donde ejerció su sacerdocio con fidelidad “bueno”, “simple”, “cercano”.
Me permito compartir que Fray Eduardo fue el primer fraile con el cuál conversé cuando él era párroco de San Antonio de Arredondo y yo andaba por ahí desorientado buscando mi camino, él me preparó para recibir mi primera comunión, me confesó por primera vez, fue testigo de mi primera profesión, de varias de mis renovaciones de votos, de mí profesión solemne, además Dios me regaló la gracia de compartir algunos años de vida con él en la misma fraternidad, y fue compañero de todo mí camino, siempre atento, animándome por lo bajo, recordándome que confiaba en mí, que me valoraba, que me quería, que nuestra amistad era importante para él, no fue un hermano “nominal” sino real, y con lo mucho que le costaba y lo tenso que se ponía, se vencía a sí mismo para expresar sus sentimientos, para hacerse y hacerme hermano.
Sus restos fueron inhumados el martes 8 de junio, pasadas las 9hs., en el cementerio Parque del Descanso, en la localidad de Yanda, Santiago del Estero. Allí Fray Marcos Porta, junto a un grupo de parroquianos, le rezaron el responso y lo despidieron afectuosamente.
El día de su fallecimiento se proclamó en la Iglesia el Evangelio de las bienaventuranzas (Mt. 4,25 – 5,12), que Dios Padre acoja a Fray Eduardo Lascano entre los bienaventurados del Reino.
[1] Santo Padre Francisco, Exortación Apostólica “Gaudete et Exultate”, N° 7, Roma, 2018, en https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html#_ftn4


