“Sacar lo nuevo y lo viejo del tesoro de nuestra casa”

Pesebre Greccio, donde Francisco vuelve al pie

Actualidad

Pedro Puente Olivera

Al situar cronológicamente aquel acontecimiento entre los que venía viviendo Francisco, escuchando al hermano Joaquín Gersicich, la pintura romántica de vivos colores pintada por la tradición fue tomando, para mí, tonos más apagados, más pardos más terrosos. Y me encontré ante una escena sencilla, pero con una enorme vitalidad y contenido …

Y te miro, Francisco, mucho más pequeño que antes. Te veo enfermo, cansado y serio, o, tal vez, algo endurecido por la tristeza. Te veo moverte con premura, armando en aquel descampado una misa muy adornada. ¿Qué te apremia hermano, qué te apura?

Busco mirar a Francisco, y veo un hombre que no niega su estado de ánimo, su dolor físico, su profunda pena interior. Pero no se detiene en nada de esto, sino que busca, con el cuerpo inquieto, a Jesús, aprovechando la última ramita a sus pies, la última hoja seca, el su propia incomodidad y frustración.

Todo puede ser util para aquel que no tiene donde nacer. Sus dolores lo laceran continuamente y se le imponen ineludible. Francisco no los niega, lo sufre y lo llora, y les parece querer encontrarles un lugar en aquella escena. Aun cuando ellos lo lastiman, los toma de la mano (o de la rienda) y los coloca sin distraerse, obsesionado por buscar a su Señor que llega a esta misma realidad que lo consume.
Necesita que venga. Necesita verlo y sentirlo cerca. Necesita tocarlo con sus manos cuarteadas y secas. Necesita… porque sabe que solo no puede, que le gana la muerte y la oscuridad de la noche.

Francisco había recibido el anuncio del ángel: les ha nacido hoy, un Salvador, que es el Mesías, el Señor (Lc 2,11), pero necesitaba la señal, el signo sensible del hombre simple. El pesebre es el hueco vacío de sus manos oscuras, de su cuerpo dolorido, de sus deseos apagados y humeantes, de su ánimo caído como paja seca. Y el Amor más grande entra pequeñito en esos huecos. Con su ternura de Niño y Pan se acomoda allí, y se acurruca hasta dormirse en un calor imposible.

Respira cortito y sabe. Su paz, como humo de incienso, inunda todo el espacio. Cautiva el corazón de un pobre que se deslumbra con la grandeza de un amor tan pequeño que entra en todo pesebre, por más pobre que sea.

Ver a aquel hombre hambriento contemplar el Pan – Niño, y dejando que sus penas y dolores se transformen en calorcito de cuna de paja, sus gritos punzantes en arrullos que el 1 En el juego del truco, cuando se juega en equipo, se le llama «pie» al que dirige el juego de su equipo en una ronda. Las expresiones «ir al pie», «vení a mí», «venía al pie», u otras similares son un llamado a jugar una carta de poco valor confiando, al mismo tiempo, en “el pie” que conoce, por las señas recibidas, la carta de su equipo, y ha pensado la mejor estrategia para ganar el juego.

Dios Pobre y Niño lo necesita. Sí, aquel Omnipotente, Señor de los Ejércitos, se ha hecho necesitado y no tiene donde nacer. “Aquí” -dice bajito el Hermano Menor- y tiende su vida que no llega a ser casa, sino apenas un establo. Pero el Pequeño entre los pequeños, duerme bien allí, y hace del dolor un amor impensado.

Entonces Francisco deja fluir de su corazón emocionado con toda la fuerza arrancada al sufrimiento, su proclama y predica. Habla de aquello que sus ojos ven y sus oídos pueden oír. Predica la maravilla del Amor presente, siempre naciendo de nuevo en el sacrificio cotidiano celebrado sobre el altar, en los pesebres de la mayor pobreza, de esa que duele.

Sus sufrimientos se hacen pasión de amor. Todo parece brillar en torno a la Palabra y la Eucaristía que anuncian de quién es la victoria final que acontece hoy. Sí, si… Francisco llora su dolor en la noche, pero su incontenible grito se hace canto que anuncia y festeja la Aurora que ya calienta su rostro y su corazón aun fríos. Entonces las piedras brillan…

Detenerme en el misterio vivido en Greccio en 1223 es contemplar la maravilla de un hombre profundamente auténtico con su dolor y con su necesidad. Pide y busca sin más que lo que tiene. Pero sobre todo un hombre capaz de salir de sí mismo y pedir alzando la mirada, como Pedro al hundirse entre las olas del mar (Mt.14,30), y clamar a gritos al Señor porque se experimenta pobre y perdido. El hermano Francisco que encuentro en Greccio no se resignó a su situación sino que buscó físicamente hacer todo lo que pudiera hacerle sentir la presencia de aquel que da todo consuelo y salva. Su dolor se convirtió en llamado y búsqueda. Y, como hiciera en otro tiempo en San Damián poniéndose a pegar ladrillos al escuchar la voz de su señor llamándolo a reparar su Iglesia, se pone a preparar con esas
mismas manos la Misa de Navidad.

Hoy contemplo asombrado la honestidad de Francisco con sus sentimientos. Fue profundamente humano, dejando a Dios hacer su obra. Como Marta que transitando el dolor de la muerte de su hermano Lázaro (Jn. 11,20), sale al encuentro de Aquel que llega, también Francisco sale al camino a buscar al Amigo que llega, como un niño, como un pan, para escuchar con sus propios oídos el mismo anuncio: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn. 11,25).

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