Fr. Eduardo J. Zatti

Han pasado 46 años de la muerte del P. Monaldi, y siempre que lo recuerdo me alegra la encantadora presencia de quien fuera nuestro primer Maestro de Postulante y después, Rector. Su rostro casi siempre sonriente inspiraba confianza y cercanía. Cuando alguien acudía a él por un permiso, antes de llegar a él con un gesto o una mirada ya manifestaba su asentimiento.
En las aulas sus clases eran profundas, interesantes y amenas. Estaba siempre atento al servicio. Aun cuando tenía que actuar con cierta seriedad, reclamando disciplina, su porte en general inspiraba seguridad y confianza. Le tocaron momentos difíciles, cuando a mitad del año por la visita canónica del visitador General (P. Quintana) tubo que asumir como rector del Postulantado, ya que el anterior debía viajar a Mendoza. En todo momento se lo vio ecuánime y sereno. Después de varios años que llevó adelante la casa de formación de Paso del Rey; lo vemos como Guardian del convento de San Antonio de Padua. Pero, P. Monaldi, atento a los nuevos aires que se respiraban en la Iglesia y en la Orden, en época del posconcilio; decidió –habiendo obtenido los permisos correspondientes—iniciar una experiencia con otros hermanos, en una pequeña fraternidad, la llamada “Casa de Ituzaingó” (en San Antonio de Padua actuaría como guardián, el Vicario, Fr. Pablo Tessa).
Entretanto, el P. Monaldi, además de servir a los hermanos de esa casa; su celo apostólico lo llevaría a predicar retiros a jóvenes, en colegios, movimientos de Cursillos, de eslabón, etc. Precisamente en uno de estos servicios lo llevarían al acto supremo de ofrecer su vida por Dios y por los Hermanos. Es decir, ya la estaba ofreciendo en el servicio del día a día. Pero llegaría el momento en que la ofrecería en forma martirial.
En el último retiro, como solía ocurrir acudían “voluntariamente”. Pero se sabía que algunas siempre iban por amistad entre ellas sin ningún interés espiritual ni deseos de verdadera conversión. Algunas jóvenes la tomaban como pasatiempo. Con todo, después del segundo día por la noche, que fue la celebración penitencial casi todas se confesaron, unas pocas –entre la que se encontraba Milvia Piazza, la que no sólo se mostraba indiferente, sino hasta con un cierto desprecio a lo sagrado.
El P. Monaldi, siendo consciente de lo que estaba ocurriendo; esa misma noche, después de cena fue a la capilla frente al Sagrario, y en profunda oración ofreció a Jesús su vida por la conversión del grupo. Al día siguiente, en la misa de clausura, el mismo P. Monaldi en un acto de sinceramiento, dijo que él había ofrecido a Dios su vida por todos los participantes del retiro (así lo escucharon los acompañantes del P. Monaldi, casi a hurtadillas, en el trayecto que ocurrió el accidente automovilístico, cuando fue embestido por un camión en la ruta 202, entre San Miguel y Moreno. No faltó en ese momento un buen samaritano que se ofreció a llevarlos al Hospital de Moreno. El chofer y los otros acompañantes sufrieron conducciones y fracturas leves que después se recuperaron. Pero el P. Monaldi fallecía en ese momento por estallido de la aorta, según diagnóstico medico; no sin antes haber musitado a sus amigos: “el Señor me escuchó y me llamó”).
Según se narraba en la necrología de la Provincia, el primero de julio se celebró la misa exequial presidida por el Vicario General de la diócesis de Morón, Mons. Juan Antonio Pressas, concelebrada por el P. Provincial Fr. José N. González y otros treinta sacerdotes. Se ofició en el tingado del Colegio debido a la gran cantidad de gente. En la homilía, Mons. Pressas destacó la personalidad y obra pastoral del P. Monaldi. Participaban de la misa muchos religiosos/as y gran multitud de laicos, entre los que se encontraban casi todos los jóvenes del último retiro. Pero lo que el P. Monaldi ya no pudo ver ni tampoco nadie se daba cuenta era que Milvia Piazza estaba entre las primeras en la fila de la comunión. Así son los milagros de la gracia. Sólo Dios los conoce.
Los amigos del P. Monaldi comenzaron a contar ese secreto; que paulatinamente se fue conociendo, en alabanza de Cristo. Amen.


