Aunque las confirmaciones son el centro de la esta misión, la vida que se teje alrededor de ellas es igual de importante. Siempre que es posible, Fray Dody y el equipo llegan unos días antes a cada aldea para compartir el ritmo cotidiano. La llegada suele incluir una recepción protocolar con café —o caperí, como lo llaman allí— y alguna comida típica, seguida de una conversación inicial con el capitán o con quien representa a la comunidad.
En esos días previos, la misión se vuelve convivencia: acompañan actividades como la pesca, la caza, distintos deportes locales —fútbol, gole y otros juegos llenos de alegría—, se refrescan con varios baños en el río y pasan largos momentos conversando, incluso fumando juntos como gesto de confianza. También recorren las casas, practican un poco de portuñol y se acercan al corazón del trabajo diario.
Un aspecto esencial es la tarea de las mujeres en la cocina, donde todo ocurre en fogones a ras del suelo, pero con una organización admirable. Allí se preparan alimentos típicos —como un budín para el desayuno siguiente— y suele comerse también en el suelo, en comunidad. La crianza de los niños, siempre viva y compartida, completa esta experiencia que permite entrar en contacto con lo más cotidiano y auténtico de cada aldea.
Fray Dody cuenta mucho más sobre las costumbres y la vida en estas comunidades, sobre sus ritmos, su manera de recibir, de celebrar y de trabajar. Y reconoce que, con más o menos dificultades, “se te explota el corazón cuando compartís tanta vida”.
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- 12 aldeas en una gira de varios días
- 400 litros de gasolina
- 6 celebraciones de Confirmación
- mucha lluvia, humedad y calor
- mucho aprendizaje, entrega y amor


