Homilía de Mons. Fernando Carlos Maletti, en la ordenación diaconal de Fray Héctor Álvarez OFM.

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Parroquia San Antonio de Padua (Padua), Provincia de Buenos Aires, 30 de noviembre 2018. 

Homilía de Mons. Fernando Carlos Maletti, Obispo de Merlo-Moreno, en la ordenación diaconal de Fray Héctor Álvarez OFM

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

¿Cuál es la misión específica hoy en el interior de la Iglesia? Ciertamente es expresar la Iglesia de la Pascua, comunicar la alegría, engendrar la esperanza, gritar al mundo: ¡Sí, Cristo Resucitó!, haciendo el camino para nosotros. Todo cristiano está llamado a contagiar la alegría, a la esperanza, y a comunicar serenidad, en un mundo de tristes, en un mundo de angustiados, en un mundo de indiferencias interminables. Sean alegres en la esperanza, aún en medio de situaciones en las cuales nos sentimos despedazados, deshechos, cansados. Humanamente no siempre es una mañana de resurrección la vida, para nosotros. Ciertamente que muchas tardes de crucifixión, de viernes santo. Sin embargo, estamos llamados como bautizados y confirmados a dejarnos invadir por el espíritu de la Pascua para ser felices, para contagiar a los demás esta felicidad. Esto que hace unos días lo conversaba con Fray Héctor, es la súplica que pedimos por supuesto para él, en este paso de su vida, ahora ministerial, recibiendo el sacramento del diaconado, en el grado del diaconado; sino también para todos nosotros, consagrados por el bautismo y unos cuantos de nosotros, consagrados por la vida religiosa y/o la vida sacerdotal, episcopal. Las dos lecturas que se han propuesto y hemos proclamado, nos hablan precisamente de la identidad del diácono. Bien sabemos que el diácono, son los dos aspectos que hacen al matiz de esta tarea ministerial, de esta misión y es “la atención de las mesas” y “el servicio de la Palabra de Dios”. La caridad y la Sagrada Escritura: meditarla, desmenuzarla y explicarla.

Si bien, ejerce algunas funciones sacramentales, ministeriales y otras; el diácono –específicamente asignado por la Iglesia –el centro, en el contexto, nos dice hoy la primera lectura y el texto hermosísimo de San  Francisco de Asís –leído en medio de ambas lecturas –es el servicio. Pero el servicio como tal hasta dar la propia vida en la caridad y en la Palabra de Dios. A esto, el don del Espíritu Santo lo va a fortalecer para que ayude, anunciando la Palabra de Dios, actuando como ministro del altar, va a proclamar el Evangelio. Preparará el sacrificio de la Eucaristía y repartirá el Cuerpo y la Sangre del Señor a los fieles. De acuerdo con el mandato recibido, le competirá evangelizar a los que no creen y catequizar a los creyentes enseñándoles la Sagrada doctrina; también podrá dirigir las celebraciones litúrgicas, administrar el bautismo, bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos y predicar las exequias. Todo esto, hermanos y hermanas en las manos del diácono que hoy estamos haciendo que reciba el Sagrado Orden. Consagrado por la imposición de las manos practicada desde la época de los Apóstoles. Estrechamente unido al altar, va a cumplir el ministerio de la caridad en nombre del Obispo, de sus superiores religiosos y del párroco donde le toque ejercer este ministerio diaconal. Con la ayuda de Dios, él deberá obrar de tal manera que sea reconocido como discípulo de aquel que no vino a ser servido sino a servir.

En cuanto a vos, querido Héctor, que vas a ser ordenado diácono, el Señor te dio el ejemplo para que obres como él lo hizo. En tu condición de diácono como ministro de Jesucristo, que se comportó como servidor de sus discípulos, cumplí de todo corazón la voluntad de Dios, sirviendo con amor y con alegría al Señor y a los hombres. Como nadie puede servir a dos señores, ten presente que toda impureza y avaricia es una esclavitud al servicio de los ídolos. Lo decía –el Papa Francisco –hace poco en algunas catequesis de los miércoles, refiriéndose específicamente a nosotros los consagrados, sacerdotes y religiosos. Es necesario que te comportes como testigo del bien y en verdad que proviene del Espíritu Santo, a semejanza de aquellas personas que eligieron los Apóstoles para ejercer el ministerio de la caridad. ¡Qué hermoso Héctor!, en medio de tu vocación franciscana que comporta una espiritualidad determinada, una perspectiva de fraternidad que no tiene límites y una misión abarcativa que hace que la creatividad sea inmensa y supere las estructuras, ejerzas el ministerio de la caridad auténticamente. Que la fe sea el cimiento que se asienta en tu vida, que tu conducta sea intachable delante de Dios y de los hombres como corresponde a quienes somos ministros de Cristo y dispensadores de los ministerios de Dios. ¿Cómo tenemos que pulir en nuestros corazones hermanos, los consagrados y los ministros, para poder ser –nunca lo vamos a poder hacer de todo –este regalo. Pero al mismo tiempo, no solo no escandalizar a las pobres ovejas sino servirlas como trampolín que lleven a todos los bautizados que pasan por nuestras vidas a ser personas vinculadas con Dios y solidarias con los hermanos más pobres, débiles y sufrientes. Nunca pierdas la esperanza que proviene del Evangelio al cual debes no solo escuchar –sino además –servir, conservando el misterio de la fe con pureza de alma y practicar en tu vida la Palabra de Dios que vas a seguir anunciando y que ahora lo harás, entre comillas –en forma oficial –para que todos los cristianos purificados por el Espíritu Santo se conviertan en una ofrenda pura y agradable a Dios y así podrás salir al encuentro del Señor al fin de los tiempos, para escuchar de sus labios: “Muy bien Fray Héctor, servidor bueno y fiel, entra a participar de la alegría del Señor”. Esa será la síntesis de tu entrega donde a futuros ministerios del orden Sagrado que vas a recibir en el futuro, no queda cancelado el diaconado, sino que se acopian los nuevos servicios que quizás en la vida, a esta realidad de ser servidor de las mesas y transmisor fiel de la Palabra de Dios a tus hermanos. Que la Virgen, nuestra Señora de los Ángeles, te cuide, te proteja, te guíe y siempre te refugies bajo su manto y estés bajo sus pies para poder decir siempre con ella –sobre todo cuando se te vayan los humos a la cabeza –“Soy el servidor, la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que tú quieres. Qué bueno que tu camino sea el camino de la santidad, en sí de la bienaventuranza y la plenitud del que realiza, no su propia voluntad, sino en la voluntad de aquel que nos eligió y nos hizo para siempre servidores de nuestros hermanos. Amén.