Gracias, padre Luis Teófilo Herrera.

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CATAMARCA (Diario El Esquiú)

Sr. Director

Me dirijo a Ud. a los fines de agradecer, a través de esta carta, al Padre Luis Teófilo Herrera por visitarme en mi hogar en compañía de mi hija, Sandra Elizabeth, el pasado 17 de marzo, un día antes de internarme en el sanatorio Allende de la ciudad de Córdoba.

Me resulta difícil dimensionar el paso de 62 años a esta parte sin habernos encontrado personalmente desde cuando la Revolución del año 1955 nos disgregó sin compasión, y para siempre. En mi caso, hacia mi pago de Santa María, Catamarca, y por consiguiente, mi destino definitivo hacia la carrera docente, ejercida hasta jubilarme en el año 1992.

Antes que nada me permito retrotraer a mi memoria cuando el Padre Leonardo Chaile, en su visita a Santa María, nos recibió de nuestros padres como postulantes al sacerdocio franciscano a Mario Rubén Fuenzalida, Gerardo Quelo Quiroz, y al suscripto, para luego bajar en un camioncito por la cuesta de las Minas Capillitas para pernoctar en la casa paterna del Padre Chaile en Chaquiago, Andalgalá.

Fue entonces cuando se nos incorporaron Luis Teófilo Herrera, Augusto Larcher y Orlando Ocampos. Al escalar la Cuesta de la Chilca, ya presentíamos el arribo al Convento de San Francisco. Instalados junto a otros postulantes de la provincia, recién me cayó la ficha del desarraigo sin consuelo en el que estaba. Con el correr de los días me fui calmando en la medida que compartíamos vivencias con el Padre Pauletto, Luis Córdoba, Narváez, Villalba, el Rector del Colegio Quintana, Pbro. Reyes, etc.

Nuestra niñez, como postulantes, fue pródiga desde compartir el 3er. grado con el excelente maestro, el Sr. Leiva, y el disfrute de plenas vacaciones en la casa franciscana “El Tala” con excursiones cerro adentro.

Pasadas las vacaciones, con gran expectativa nos anunciaron nuevos destinos: Mario Rubén, al Colegio del Paso del Rey; Moreno a Provincia de Buenos Aires; y a Luis Teófilo, Gerardo Quiroz, Oscar Rafael Cuello, Miguel Bizzotto, Augusto Larcher, Ramón Díaz y el suscripto, Hugo Oscar Fuenzalida, al convento de San Francisco de la ciudad de Córdoba.

Instalados, contamos con la autoridad del reverendo Padre González, y como encargado nuestro, al hermano Palacios. De inmediato nos matricularon para completar el nivel primario en el colegio “La Inmaculada”, dependiente de los padres franciscanos. Como premio al esmero y dedicación al estudio, pasamos inolvidables vacaciones en la casa de los franciscanos de San Antonio, al sur de Carlos Paz.

Pasadas las últimas vacaciones, nuevamente nos derivaron, junto a otros postulantes, al Colegio Paso del Rey, Moreno, provincia de Buenos Aires, donde volvimos a compartir con mi primo, el Padre Mario Rubén Fuenzalida y varios postulantes como Oscar Rafael Cuello, Miguel Bizzotto, Ramón Díaz, Urch, Mercado, Sosa, etc. Además de las autoridades como el Padre Perilo, Díaz y Gutiérrez, contábamos con sacerdotes como eximios profesores que nos marcaron a fuego con sus enseñanzas y valores que aún perduran como historia de vida que retransmitimos a la sociedad.

El precedente recuerdo guardaré hasta el fin de mi vida, simplemente porque fueron los mejores de mi existencia por las ricas experiencias y el cúmulo de conocimientos adquiridos.

Un gran abrazo, Padre Lucho, como afectuosamente te recuerdo y nombré en las excepcionales épocas de postulado que abrazamos de vocación, pero que del cual solo el Padre Mario y Lucho llegaron a ordenarse sacerdotes franciscanos para orgullo de las respectivas familias y amigos de siempre.

Hugo Oscar Fuenzalida
DNI 6.953.561