CARTA DEL MINISTRO GENERAL POR LA FIESTA DE S. CLARA 2020

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Estimadas Damas pobres de Santa Clara, ¡Que el Señor os de Su paz!

“¡Oh Señor Dios! Aquí me han dejado sola contigo, en este lugar”. Probablemente habéis reconocido en este grito la expresión de abandono que brota del corazón de nuestra Madre Santa Clara en aquella noche de Navidad del 1252[1]ahora que, inmovilizada a causa de su grave enfermedad, no podía unirse con sus hermanas para celebrar el Nacimiento del Señor. ¿Cómo no ver en transparencia el lamento de Jesús durante su agonía en el huerto de los olivos? ¿Y la de tantos hermanos y hermanas nuestros que, amenazados por el Covid-19, sufren un aislamiento tan angustioso para el corazón humano? En esta noche, Clara vive el drama de la soledad: Francisco, quien era su único consuelo después de Dios[2], ha muerto; los hermanos están en conflicto; ella misma se encuentra sola, con el peso de sus enfermedades. Es esta soledad la que ella presenta al Señor, y Dios le da el consuelo de escuchar los himnos cantados por los hermanos en la Basílica de San Francisco.
Una comunidad de clarisas, afectada por el Covid-19, tuvo que adoptar medidas extremas de aislamiento: para ayudar a la curación y evitar el contagio, cada una tuvo que permanecer en su celda, con la imposibilidad de encontrarse en el coro y en el refectorio. ¡Qué dolor, qué ansiedad! Estas hermanas me han testimoniado lo dulce que ha sido para ellas seguir con pequeñas radios las liturgias presididas por el Papa Francisco, escuchar sus homilías que se convertían en el elemento estructurante de una forma de vida reducida a lo esencial. “Mirad que llega la hora […] en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo”[3].

Sí, el Señor nos salva, no de la historia, sino en la historia[4], no nos salva del Covid-19, sino en el Covid-19, no nos salva de la soledad, sino en la soledad, no nos salva del miedo, sino desde lo más profundo de nuestros miedos.

Y el miedo ¿No se convirtió en parte de nuestra vida cotidiana y nuestra compañía desde el inicio de la pandemia? Miedo del otro del que tenemos que protegernos, miedo del lobo que entró al redil, miedo del mal que hace su obra dentro de sí mismo, miedo de transmitir la muerte al otro, miedo que se convierte en pánico cuando el virus mortífero ataca nuestros seres queridos, y cuando los propios síntomas dan repentinamente señales alarmantes. ¡Cómo temblamos ante la muerte del Pobre Crucificado que, asfixiado, entregó su espíritu en las manos del Padre! Si el coronavirus nos sacude tanto, es porque toca en nosotros el aliento vital y lo destruye… Miedo también de la separación y el abandono que algunas de vosotras sintieron cuando tuvieron que confiar a su hermana para la atención médica en el hospital, cuando la vieron irse sin poder estar con ella en el momento del gran paso.

Lo sorprendente es que la muerte de Santa Clara parece haberse producido en un clima maravilloso de presencia celeste: Clara ve venir al Rey de Gloria[5], una hermana vio una multitud de vírgenes acercarse en procesión al lecho de la santa, y la virgen de vírgenes que inclinaba maternalmente su rostro sobre el de Clara[6]. Hablándole a su alma, Clara susurra: “Vete en paz, pues tendrás buena escolta”[7]. Cuando se abre la puerta a la comunión de los santos, ¿Podemos morir solos?

“Hermanas e hijitas mías, no tengáis miedo, pues, si Dios está con nosotras, los enemigos no podrán ofendernos. Confiad en nuestro Señor Jesucristo, que Él nos librará”.[8] Después de varias semanas de un largo túnel luchando con el Covid, las hermanas me testimoniaron cuánto el Buen Pastor había cumplido su promesa con sus ovejas: “y nadie las arrebatara de mi mano”[9]. Ellas agradecen por toda la solidaridad recibida, por el atento y competente seguimiento médico con el cual fueron atendidas, por la intensa oración que, por todas partes, pequeños y grandes, han elevado al cielo para que se liberaran del mal.

Pocas veces tenemos el placer de tomar el lugar del leproso, del que otros huyen. ¡Pero qué dulce aroma es dejarse amar allí, qué espacio de salvación, de comunión y de caridad se abre entonces!

Otra comunidad, aunque preocupada por la incomodidad económica que provocaba el confinamiento, respondió generosamente a llamada de los pobres y, asombrosamente, algunos benefactores también llamaron a la puerta del monasterio para ofrecer su apoyo. Con justa razón, en su gran experiencia multisecular, la Iglesia implora al Señor que libere a la humanidad “de la peste, del hambre y de la guerra”. Porque sabe que la crisis sanitaria provoca una crisis económica, que desgraciadamente puede conducir a una crisis social. Ciertamente muchas de vosotras compartís con vuestros familiares afectados por el desempleo esa preocupación por el mañana. Hoy más que nunca estamos invitados a vivir confiados a la Providencia, porque hasta ahora el Señor no nos ha abandonado, ni nos abandonará; a vivir en la sobriedad, evitando todo despilfarro; a vivir en la solidaridad, haciendo lo mejor que sea posible.

Probablemente esta prueba será la ocasión de construir un mundo nuevo basado no ya en el paradigma de la globalización, a nivel comercial o cultural, sino el regreso a lo local, a la familia, a lo regional[10]. ¿No podemos soñar con una nueva concepción del trabajo, de la empresa y de la economía más inclusiva y solidaria, donde el alma, la belleza y por qué no la fragilidad serían fundamentos fecundos?

En todo esto, contamos con vosotras y con la sabiduría de vuestra forma de vida para ayudarnos después de esta crisis a osar con la novedad. De manera inesperada y brusca, nos vimos obligados durante las fases del confinamiento a mantenernos, como vosotras, en espacios limitados y a vivir en ellos largo tiempo, contrariamente con la costumbre de nuestra sociedad caracterizada por los espacios ilimitados (viajes, social network, etc.), y de ritmos frenéticos (todo, ahora mismo, cada vez más rápido, etc.). Algunos habrán aprendido de esta experiencia únicamente la limitación de libertad que ella traía, el desafío de encontrarse ante sus propias dinámicas mortíferas, la violencia relacional debida a la falta de comunicación, a la falta de perdón, a la falta de acogida del otro. Nosotros percibimos la riqueza de vuestro testimonio: la clausura es un pequeño campo de batalla en el corazón del planeta, donde no se nos enseña tanto la fuga mundi como huida del mundo[11], desde el cual ustedes nos enseñan a vivir la profundidad del espacio, a entrar en el color de las diferentes horas del día y en el Kairós de Dios, a alternar palabras y silencios para construir con la ayuda del Espíritu relaciones de comunión. Es muy conmovedor que algunas de vosotras, aun viviendo con dolor la ausencia de la celebración eucarística, centro de vuestra jornada, hayan acogido esta situación como una llamada a vivir y a reforzar el “sacramento de la hermana”.

Este sacramento de la hermana, que no sólo hace presente a nuestro hermano Jesús, sino que también es portador de salvación y de salud, porque hemos experimentado que, cuando cuidamos de nosotros mismos, hemos cuidado a la hermana, del mismo modo que la hermana, cuidando de sí misma, también se hizo cargo de otros.

Vuestros monasterios son reservas de paz, de serenidad, de esperanza, de compasión, para quienes están en las primeras líneas del combate. En la impotencia que hemos vivido juntos por no poder salir a socorrer a los enfermos y a las personas necesitadas, nos hemos atrevido con vosotras a la oración de intercesión. Orar no sólo por nosotros o por los demás en su soledad o en su enfermedad, sino también por los que arriesgan su salud y su vida cuidando la vida y la salud de los demás.

Con nuestra Madre Santa Clara, tened la mirada puesta en el Pobre Crucificado, escuchadlo gritar: “¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!”. Respondamos, digo, a una sola voz, con un solo espíritu a quien clama y lamenta con gemidos: “¡Me acordaré en mi memoria, y mi alma se consumirá dentro de mí!”[12]. Que la compasión que ustedes saben desplegar desde un corazón materno se convierta en un suave perfume[13]capaz de consolar tanto a los afligido y enfermos, así como fortalecer al personal sanitario tan generoso y entregado, de animar las familias, y encender el corazón de los jóvenes que el Señor llama a su seguimiento.

Quien dice compasión, dice sufrir con ella. Este pequeño virus nos ha enseñado que todos estamos en el mismo barco, ataca indiscriminadamente a ricos y pobres, poderosos y pequeños, justos y pecadores. Solidarios con toda esta humanidad probada, ayúdenos a perseverar en la oración para esperar contra toda esperanza: “¡Nuestro socorro está en el nombre del Señor!”[14]. Dicha solidaridad transforma los límites de las fronteras humanas para incluir a cada persona humana, a cada ser vivo, permitiéndonos abrazar nuestra verdadera identidad como seres interconectados que viven en una casa común. Esta toma de conciencia nos ayuda a asumir el papel que Dios nos ha dado como promotores de la dignidad y protectores de la comunidad humana y del medio ambiente, Laudato Si’.

En este año, conmemoramos el testimonio de los primeros mártires franciscanos asesinados en 1220: ellos vivieron el martirio de sangre. ¿Acaso no se nos ha dado, al igual que Santa Clara, vivir el martirio de la paciencia,[15] “la pasión de la paciencia”?[16] Las dos son fecundas: si Tertuliano podia decir que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, ¿no es lo mismo el sudor de la paciencia?

Queridas Damas Pobres ¡Feliz fiesta de Santa Clara!

Roma, 25 de julio de 2020
Fiesta de Santo Santiago

Fr. Michael A. Perry, OFM
Ministro general y siervo